Me encuentro sentada en una mesa de la biblioteca de mi facultad, mirando por la ventana el transcurrir del primer día del otoño en Chile. Mientras pienso en como podría ordenar aunque sea precariamente las ideas que quiero plasmar, veo pasar a las personas, en su mayoría estudiantes, quienes lucen con orgullo sus colores exteriores; la ropa que han elegido para ponerse esta mañana, los diferentes tonos de sus pieles, algún peinado o color de pelo llamativo que los hace inconfundibles entre la masa. Y es orgullosamente que deberían exhibir estos colores, ya que después de todo, son estos los que agracian la vista, que es la mejor ventana que tenemos los seres humanos para conectar la verdad que hay afuera con la verdad que llevamos dentro. Por ella pasa un flujo constante, pues la realidad que vemos pasar frente a nuestros ojos va influyendo, ya sea poco a poco o de golpe, en nuestra propia realidad, igual que esta última influye de una forma impresionante en todo lo que, creemos, estamos observando objetivamente. Los colores exteriores se mezclan con nuestros colores interiores.
Al observar detenidamente a cada persona, podemos ver atisbos de sus colores interiores, ya sea que dicha persona quiera mostrarlos o no. Se comportan como los reflejos de una tela tornasolada, dependen de la luz y del ángulo en que esta los alcance, así que el que se vean como son en realidad recae más en quién busque verlos que en quién busque proyectarlos. Se pueden percibir en la manera de caminar, de sonreír, de llorar, de mirar a los ojos. Pueden aparecer un segundo y luego desaparecer para siempre.
¿Recuerdan que antes dije que el sentido de la vista es la mejor ventana que tenemos para conectar las dos realidades que existen para cada quien en este mundo? Pues resulta que, como esta no está fija en un lugar, lo que podemos observar a través de ella está cambiando todo el tiempo. Es un hecho que no volveremos a ser testigo de exactamente la misma vista dos veces en la vida. Y si uno se pone a pensarlo, esto es algo triste, si, pero también es algo maravilloso. El mirar por esta misma ventana de mi facultad puede causarme diferentes emociones en distintas ocasiones; este mismo estacionamiento, y los edificios, pasto y árboles que lo rodean, pueden ocasionar una revolución en mis colores y crear una obra de arte abstracta, o muchas, dentro de mi.Hay vistas en la vida que no se pueden elegir si se ven o no. A veces ciertas vistas que les tocan a ciertas personas dejan manchas indelebles en todo lo que verá y lo que sentirá en su vida. También hay veces en las que nuestra visión se nubla, nuestro interior se revuelve, y al cerrar los ojos nos damos cuenta de que nunca podremos terminar de conocer nuestra realidad interna, nunca veremos el espectro completo de nuestros colores. Y si nunca podremos hacer eso ¿cómo esperamos conocer alguna vez los colores de quienes nos rodean, de nuestros seres queridos? ¿Cómo sabremos que es lo que les falta en su visión, y que es lo que nos falta a nosotros? ¿Cómo podremos complementarnos?
No voy a mentirles; en mi opinión, hay muchas formas de lograr estos objetivos. Algunas funcionan para ciertas personas mientras que para otras no; algunas son más eficientes que otras. Pero hay una forma de abarcar estos problemas que, entre su desorden y sus vueltas, es magníficamente directa. Es el camino demarcado por luces y sombras, por manchas que no se borrarán jamás y por reflejos que no siempre brillan. Nace en nuestro interior y, como las raíces de un árbol, va rompiendo nuestra cáscara y se va abriendo paso hacia el exterior, hacia el papel, hacia la voz. Se llama poesía, y es, sobre todas las cosas, un derroche de colores. Los que son nuestros, los que quisiéramos que fueran nuestros, y los que nunca hemos visto. Son los que algunos buscan y los que otros evitan, porque temen que los puedan encontrar.
La poesía es lo que nos hace darnos cuenta de que el idioma de los colores y el de las palabras son los dos opuestos del mundo, pero a la vez no son muy diferentes, porque no existe una traducción incorrecta, ni una acertada. Solo existen los matices, las frases, las tonalidades, las entonaciones. Solo existe todo eso en nuestro interior, que fluye, y que bulle hasta producir una explosión de nosotros mismos, de lo que somos en ese momento. Y cuando hacemos un retrato de esa explosión y lo pintamos con palabras, creamos un poema, en el que podemos ver plasmados los que fueron, aunque fuera por un breve instante, los colores interiores de quién lo escribió, de quién nos lo mostró, de la persona a quién se lo queremos dedicar, y de nosotros mismos.
Les deseo que su día y sus vidas se llenen de poesía, y que un día, cuando ya no haya más que hacer, puedan encontrar en su interior un espectro de colores más amplio que el arcoiris.

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